Ya no podemos entender las Navidades sin El Cascanueces o sin la mirada de Dickens, uno de los máximos responsables de las navidades blancas. Las historias de Navidad encuentran oídos atentos entre los espectadores adultos, y la observación más permeable de los niños. Con ‘El Meu Príncep’ he querido rendir un sincero homenaje a las historias que me acompañaron en la infancia, además de intentar recuperar la tradición mediterránea de las representaciones populares navideñas.
El cuento permite concebir la complejidad del mundo como una íntima y breve epifanía. Así fue mi infancia, repleta de cuentos sencillos y tiernos, desbordantes de imaginación. Leer aquellos cuentos era como deslizarse por una escalera mecánica que no se sabe hacia dónde llevaba. Planetas imaginarios, tierras exóticas, bosques encantados, palacios deslumbrantes … ‘El Meu Príncep’ está dedicado al aviador (“mira con los ojos del corazón”) que me conducía por todas estas aventuras y que me acompaña toda mi vida: mi padre.
De todos modos, el hombre va cambiando y, de hecho, vamos perdiendo cosas a medida que vamos creciendo. Vamos dejando de entender. ’El Meu Príncep’ es, de alguna manera, un acto de fe. Un espectáculo lleno de amor, amistad y lealtad a unos valores aprendidos en la infancia por medio de las fabulas populares. O sea, reivindicar que “lo esencial es invisible a los ojos”. Los verdaderos valores están puestos en las cosas que no son tangibles. Las verdaderas cuestiones como la amistad, el amor, el respeto, la solidaridad, no se manifiestan a través de los objetos. Y es que necesitaba creer de nuevo en el ser humano.
Ramón Oller
